Por Carlos Alberto Montaner
Jacques Maritain
y la vigencia de los planteamientos básicos. El reñidero, en realidad, ha cambiado muy poco.
Cuatro siglos antes del nacimiento de Jesús, en La República y en Las leyes, Platón delineó los
rasgos de las sociedades totalitarias, controladas por oligarquías, en las que la economía era
dirigida por la cúpula, la autoridad descendía sobre unas masas a las que no se les pedía su
consentimiento para ser gobernadas, y el objetivo de los esfuerzos colectivos era el
fortalecimiento del Estado, entonces conocido como polis. No en balde Platón es el filósofo
favorito de los pensadores partidarios del autoritarismo.
Frente a estos planteamientos, Aristóteles, su mejor discípulo y la persona que más ha influido
en la historia intelectual de la humanidad, en su obra La Política y en pasajes de la Ética
propuso lo contrario: un modelo de organización en el que la autoridad ascendía del pueblo a
los gobernantes. La soberanía radicaba en las gentes. Los gobernantes se debían a ellas. Ahí
estaba el embrión del pensamiento democrático. Pero había más: Aristóteles creía en la
propiedad privada y en el derecho de las personas a disfrutar del producto de su trabajo. Y lo
creía por razones bastante modernas: porque los bienes públicos generalmente resultaban
maltratados. Los ciudadanos parecían ser mucho más cuidadosos con lo que les pertenecía. Se
le antojaba, además, que las virtudes de la compasión y la caridad sólo podían ser ejercidas
por quienes atesoraban ciertas riquezas, de manera que la propiedad privada facilitaba esos
comportamientos generosos y sacaban lo mejor del alma humana.
Este preámbulo es para consignar que el liberalismo encuentra sus raíces más antiguas en
estos aspectos del pensamiento de Aristóteles; en los estoicos que cien años más tarde
defendieron la idea de que a las personas las protegían unos derechos naturales anteriores a
la polis, es decir, al Estado; en los franciscanos que en Oxford, en el siglo XIII, para escándalo
de la época, proclamaron que en las cosas de la ciencia se llegaba a la verdad mediante la
razón, y no por los dogmas dictados por las autoridades religiosas; en Santo Tomás de
Aquino, que sistematizó la intuición de los franciscanos y comenzó el complejo deslinde de lo
que pertenecía a César y lo que pertenecía a Dios, esto es, inició el largo proceso de
secularización de la sociedad, y, de paso, alabó el mercado y a los denostados comerciantes.
Pero no es ése el único santo que los liberales aclaman como uno de sus remotos patrones:
fue San Bernardino de Siena, acusado por la Inquisición de propagar peligrosas novedades,
quien explicó el concepto de lucro cesante y defendió el derecho de los prestamistas a cobrar
intereses, rompiendo con ello siglos de incomprensión sobre la verdadera naturaleza de la
usura. Los liberales también reclaman como suyos - lo hiceron enfáticamente los economistas
de la escuela austriaca en el siglo XIX - los planteamientos a favor del mercado y el libre
precio de la espléndida Escuela de Salamanca del siglo XVI, con figuras de la talla de Vitoria,
Soto y el padre Mariana, fustigador este último no sólo de tiranos, sino también del excesivo
gasto público que generaba inflación y empobrecía a las masas.
Finalmente, los liberales de hoy encuentran una filiación directa en el inglés John Locke, quien
retoma el iusnaturalismo y formula persuasivamente su propuesta constitucionalista: el papel
de las leyes no es imponer la voluntad de la mayoría sino proteger al individuo de los
atropellos del Estado o de otros grupos; en Montesquieu, que analiza la importancia de la
separación de poderes para impedir la tiranía; en los enciclopedistas que trataron de explicar
el conocimiento a la luz de la razón; y en Adam Smith que analizó brillantemente el papel del
mercado, la libertad económica y la especialización en la formación de capital y en el creciente
desarrollo económico.
El liberalismo en nuestros días
Bien: concluimos este rápido recorrido por lo que pudiéramos llamar la protohistoria liberal.
Grosso modo esas son las señas de identidad del liberalismo. Conviene, pues, acercarnos a
nuestro aquí y ahora. Hagámoslo primero, muy someramente, en el terreno de la filiación
política internacional.
En 1947, finalizada la Segunda Guerra mundial, en Oxford, Inglaterra, convocados por D.
Salvador de Madariaga, una serie de prominentes políticos e intelectuales europeos suscribió
un documento y creó la Internacional Liberal con el objeto de defender la libertad y el Estado
de Derecho. Durante medio siglo el Manifiesto de Oxford fue el texto vinculante de los partidos
que integraban la organización. Suscribir lo que ahí se decía era el santo y seña para formar
parte del grupo. La premisa consistía en que el olvido de los valores liberales, esencialmente
vigentes entre 1871 y 1914, había provocado las dos guerras mundiales del siglo XX. Por otra
parte, los avances de los comunistas en Europa anunciaban el inicio de otro conflicto entre la
libertad y el totalitarismo, de manera que resultaba vital vertebrar una línea defensiva que
protegiera a la civilización occidental de los viejos fantasmas y de los nuevos peligros. En
1997, también en Oxford, a los cincuenta años del texto fundacional, desaparecida la URSS y
desacreditado el marxismo leninismo tras la experiencia del socialismo real, los partidos de la
I.L. aprobaron otro manifiesto más extenso y acorde con los tiempos para definir lo que tenían
en común las organizaciones adscritas a esta federación de partidos.
El esfuerzo original tuvo continuidad. Hoy la IL, que mantiene su sede en Londres, Inglaterra,
está compuesta por unos setenta partidos políticos de todo el mundo, siendo los mayores los
de Canadá y Brasil, mientras gobiernan o cogobiernan en una docena de países de Europa,
América, Asia y África, con una notable presencia entre los países que abandonaron el
comunismo tras la caída del Muro de Berlín. Dentro de la IL hay tres partidos cubanos: la
Unión Liberal Cubana (1992), el Partido Liberal Democrático de Cuba y Solidaridad
Democrática (1999). Antes de afiliar a los dos últimos, en 1998 viajó a Cuba el Secretario
General de la IL, el holandés Julius Maaten, hoy eurodiputado, y comprobó in situ la vitalidad
de las dos organizaciones. Posteriormente, Jean Chrétien, el Primer Ministro de Canadá le
cursó una invitación personal a Osvaldo Alfonso Valdés para que acudiera a Otawa en octubre
del 2000.
Contorno del liberalismo
Veamos el perfil teórico de esta corriente ideológica. La primera observación que hay que
hacer en torno al liberalismo tiene que ver con su imprecisión, su indefinición y lo elusivo de
su naturaleza histórica. En realidad, nadie debe alarmarse porque el liberalismo tenga ese
contorno tan esquivo. Probablemente ahí radica una de las mayores virtudes de esta corriente
ideológica. El liberalismo no es una doctrina con un recetario unívoco, ni pretende haber
descubierto leyes universales capaces de desentrañar o de ordenar con propiedad el
comportamiento de los seres humanos. Es un cúmulo de ideas y no una ideología cerrada y
excluyente.
El liberalismo, ya puestos a la tarea de su asedio, es un conjunto de creencias básicas, de
valores y de actitudes organizadas en torno a la convicción de que a mayores cuotas de
libertad individual se corresponden mayores índices de prosperidad y felicidad colectivas. De
ahí la mayor virtud del liberalismo: ninguna novedad científica lo puede contradecir porque no
establece verdades inmutables. Ningún fenómeno lo puede desterrar del campo de las ideas
políticas, porque siempre será válida una gran porción de lo que el liberalismo ha defendido a
lo largo de la historia.
El liberalismo es un modo de entender la naturaleza humana y una propuesta para conseguir
que las personas alcancen el más alto nivel de prosperidad potencial que posean (de acuerdo
con los valores, actitudes y conocimientos que tengan), junto al mayor grado de libertad
posible, en el seno de una sociedad que ha reducido al mínimo los inevitables conflictos. Al
mismo tiempo, el liberalismo descansa en dos actitudes vitales que conforman su talante: la
tolerancia y la confianza en la fuerza de la razón.
Ideas básicas
El liberalismo se basa en varias premisas básicas, simples y claras: los liberales creen que el
Estado ha sido concebido para el individuo y no a la inversa. Valoran el ejercicio de la libertad
individual como algo intrínsecamente bueno y como una condición insustituible para lograr los
mayores niveles de progreso. No aceptan, pues, que para alcanzar el desarrollo haya que
sacrificar las libertades. Entre esas libertades - todas las consagradas en la Declaración
Universal de Derechos del Hombre - la libertad de poseer bienes (el derecho a la propiedad
privada) les parece fundamental, puesto que sin ella el individuo está perpetuamente a
merced del Estado. Sostienen, incluso, que una de las razones por las que ninguna sociedad
totalitaria ha sucumbido como consecuencia de una rebelión popular es por la falta de un
espacio económico privado.
Por supuesto, los liberales también creen en la responsabilidad individual. No puede haber
libertad sin responsabilidad. Los individuos son (o deben ser) responsables de sus actos, y
deben tener en cuenta las consecuencias de sus decisiones y los derechos de los demás.
Precisamente, para regular los derechos y deberes del individuo con relación a los demás, los
liberales creen en el Estado de Derecho. Es decir, creen en una sociedad regulada por leyes
neutrales que no le den ventaja a persona, partido o grupo alguno y que eviten enérgicamente
los privilegios. Los liberales también defienden que la sociedad debe controlar estrechamente
las actividades de los gobiernos y el funcionamiento de las instituciones del Estado.
Los liberales tienen ciertas ideas verificadas por la experiencia sobre cómo y por qué algunos
pueblos alcanzan el mayor grado de eficiencia y desarrollo, o la mejor armonía social, pero la
esencia de este modo de entender la política y la economía radica en no señalar de antemano
hacia dónde queremos que marche la sociedad, sino en construir las instituciones adecuadas y
liberar las fuerzas creativas de los grupos e individuos para que estos decidan
espontáneamente el curso de la historia. Los liberales no tienen un plan para diseñar el
destino de la sociedad. Incluso, les parece muy peligroso que otros tengan esos planes y se
arroguen el derecho de decidir el camino que todos debemos seguir, como es propio de las
ideologías.
En el terreno económico la idea de mayor calado es la que defiende el libre mercado en lugar
de la planificación estatal. A fines del siglo XVIII, cuando argumentaba contra el
mercantilismo, Adam Smith lo aclaró incontestablemente en La riqueza de las naciones. En
1924, poco después de la revolución bolchevique, entonces frente al marxismo, el pensador
liberal austríaco Ludwig von Mises, en un libro denominado Socialismo, demostró cómo en las
sociedades complejas no era posible planificar el desarrollo mediante el cálculo económico,
señalando con toda precisión (en contra de las corrientes socialistas y populistas de la época)
cómo cualquier intento de fijar artificialmente la cantidad de bienes y servicios que debían
producirse, así como los precios que deberían tener, conduciría al desabastecimiento y a la
pobreza. Von Mises demostró que el mercado (la libre concurrencia en las actividades
económicas de millones de personas que toman constantemente millones de decisiones
orientadas a satisfacer sus necesidades de la mejor manera posible), generaba un orden
natural espontáneo infinitamente más armonioso y creador de riqueza que el orden artificial
de quienes pretendían planificar y dirigir la actividad económica. Obviamente, de esas
reflexiones y de la experiencia práctica se deriva que los liberales, en líneas generales, no
crean en controles de precios y salarios, ni en los subsidios que privilegian una actividad
económica en detrimento de las demás. Por el contrario: cuando las personas, actúan dentro
de las reglas del juego, buscando su propio bienestar, suelen beneficiar al conjunto.
Otro gran economista, Joseph Schumpeter, austriaco de nacimiento y defensor del mercado,
pero pesimista en cuanto al destino final de las sociedades liberales como consecuencia del
reto de los comunistas - predicción que su muerte en 1950 no le permitió corregir -, demostró
cómo no había estímulo más enérgico para la economía que la actividad incesante de los
empresarios y capitanes de industria que seguían el impulso de sus propias urgencias
sicológicas y emocionales. Los beneficios colectivos que se derivaban de la ambición personal
eran muy superiores al hecho también indudable de que se producían diferencias en el grado
de acumulación de riquezas entre los distintos miembros de una comunidad. Pero quizás quien
mejor resumió esta situación fue uno de los líderes chinos de la era posmaoísta, cuando
reconoció, melancólicamente, que "por evitar que unos cuantos chinos anduvieran en Rolls
Royce, condenamos a cientos de millones a desplazarse para siempre en bicicleta".
En esencia, el rol fundamental del Estado debe ser mantener el orden y garantizar que las
leyes se cumplan, mientras se ayuda a los más necesitados para que estén en condiciones
reales de competir. De ahí que la educación y la salud colectivas, especialmente para los
miembros más jóvenes de la comunidad -una forma de incrementar el capital humano-, deben
ser preocupaciones básicas del Estado liberal. En otras palabras: la igualdad que buscan los
liberales no es la de que todos obtengan los mismos resultados, sino la de que todos tengan
las mismas posibilidades de luchar por obtener los mejores resultados. Y en ese sentido una
buena educación y una buena salud deben ser los puntos de partida para poder acceder a una
vida mejor.
De la misma manera que los liberales tienen ciertas ideas sobre la economía, asimismo
postulan una forma de entender el Estado. Por supuesto, los liberales son inequívocamente
demócratas y creen en el gobierno de las mayorías pero sólo dentro de un marco jurídico que
respete los derechos inalienables de las minorías. Esto quiere decir que hay derechos
naturales que no pueden ser enajenados por decisiones de las mayorías. Las mayorías, por
ejemplo, no pueden decidir esclavizar a los negros, expulsar a los gitanos de una demarcación
o concederles un poder omnímodo a los trabajadores manuales, los campesinos o los
propietarios de tierra. La democracia, para que realmente lo sea, tiene que ser multipartidista
y es preferible que esté organizada de acuerdo con el principio de la división de poderes, de
manera que el balance de la autoridad impida que una institución del Estado acapare
demasiada fuerza.
Aunque no es una condición indispensable, y reconociendo que la tradición latinoamericana,
eminentemente presidencialista, es contraria a este análisis, los liberales prefieren el sistema
parlamentario de gobierno, por cuanto suele reflejar mejor la variedad de la sociedad y es más
flexible para generar cambios cuando se modifican los criterios de la opinión pública. Al mismo
tiempo, los liberales son partidarios de la descentralización y de estimular la autoridad de los
gobiernos locales. La hipótesis -generalmente confirmada por la práctica- es que resulta más
fácil abordar y solucionar los problemas eficientemente cuando quienes los padecen
supervisan, controlan y auditan a quienes están llamados a solucionarlos.
Por otra parte, el liberalismo contemporáneo cuenta con agudas reflexiones sobre cómo deben
ser las constituciones. El Premio Nobel de Economía Frederick von Hayek, abogado además de
economista, es autor de muy esclarecedores trabajos sobre este tema. Más recientemente, los
también Premios Nobel de Economía Ronald Coase, Douglas North y Gary Becker han añadido
valiosos estudios que explican la relación entre la ley, la propiedad intelectual, la existencia de
instituciones sólidas y el desarrollo económico.
Los liberales creen que el gobierno debe ser reducido, porque la experiencia les ha enseñado
que las burocracias estatales tienden a crecer parasitariamente, fomentan el clientelismo
político, suelen abusar de los poderes que les confieren, y malgastan los recursos de la
sociedad. La historia demuestra que a mayor Estado, mayor corrupción y dispendio. Pero el
hecho de que un gobierno sea reducido no quiere decir que debe ser débil. Debe ser fuerte
para hacer cumplir la ley, para mantener la paz y la concordia entre los ciudadanos, para
proteger la nación de amenazas exteriores y para garantizar que todos los ciudadanos aptos
dispongan de un mínimo de recursos que les permitan competir en la sociedad.
Los liberales piensan que, en la práctica, los gobiernos real y desgraciadamente no suelen
representar los intereses de toda la sociedad, sino suelen privilegiar a los electores que los
llevan al poder o a determinados grupos de presión. Los liberales, en cierta forma, sospechan
de las intenciones de la clase política, y no se hacen demasiadas ilusiones con relación a la
eficiencia de los gobiernos. De ahí que el liberalismo debe erigirse siempre en un permanente
cuestionador de las tareas de los servidores públicos, y de ahí que no pueda evitar ver con
cierto escepticismo esa función de redistribuidores de la renta, equiparadores de injusticias o
motores de la economía que algunos les asignan.
Otro gran pensador liberal, el Premio Nobel de Economía James Buchanan, creador de la
escuela de Public Choice, originada en su cátedra de la Universidad de Virginia, ha
desarrollado una larga reflexión sobre este tema. En resumen, toda decisión del gobierno
conlleva un costo perfectamente cuantificable, y los ciudadanos tienen el deber y el derecho
de exigir que, en la medida de lo posible, el gasto público responda a los intereses de la
sociedad y no a los de los partidos políticos.
Como regla general, los liberales prefieren que la oferta de bienes y servicios descanse en los
esfuerzos de la sociedad civil y se canalice por vías privadas y no por medio de gobiernos
derrochadores e incompetentes que no sufren las consecuencias de la frecuente
irresponsabilidad de los burócratas o de los políticos electos menos cuidadosos. En última
instancia, no hay ninguna razón especial que justifique que los gobiernos necesariamente se
dediquen a tareas como las de transportar personas por las carreteras, limpiar las calles o
vacunar contra el tifus. Todo eso hay que hacerlo bien y al menor costo posible, pero
seguramente ese tipo de trabajo se desarrolla con mucha más eficiencia dentro del sector
privado. Cuando los liberales defienden la primacía de la propiedad privada no lo hacen por
codicia, sino por la convicción de que es infinitamente mejor para los individuos y para el
conjunto de la sociedad.
Diferencias dentro de una misma familia democrática
El idioma inglés ha tomado la palabra liberal del castellano y le ha dado un significado distinto.
En líneas generales puede decirse que en materia económica el liberalismo europeo o
latinoamericano es bastante diferente del liberalismo norteamericano. Es decir, el liberal
americano le suele quitar responsabilidades a los individuos y asignarlas al Estado. De ahí el
concepto del estado benefactor o welfare que redistribuye por vía de las presiones fiscales las
riquezas que genera la sociedad. Para los liberales latinoamericanos y europeos, como se ha
dicho antes, ésa no es una función primordial del Estado, puesto que lo que suele conseguirse
por esta vía no es un mayor grado de justicia social, sino unos niveles generalmente
insoportables de corrupción, ineficiencia y derroche, lo que acaba por empobrecer al conjunto
de la población.
Sin embargo, los liberales europeos y latinoamericanos sí coinciden en un grado bastante alto
con los liberales norteamericanos en materia jurídica y en ciertos temas sociales. Para el
liberal norteamericano, así como para los liberales de Europa y de América Latina, el respeto
de las garantías individuales y la defensa del constitucionalismo son conquistas irrenunciables
de la humanidad. Una organización como la American Civil Liberties Union, expresión clásica
del liberalismo americano, también podría serlo de los liberales europeos o latinoamericanos.
¿En qué se diferencian las distintas corrientes democráticas contemporáneas? La
socialdemocracia pone su acento en la búsqueda de una sociedad igualitaria, suele identificar
los intereses del Estado con los de los sectores proletarios o asalariados, y usualmente
propone medidas fiscales encaminadas a una hipotética "redistribución" de las riquezas. El
liberalismo, en cambio, no es clasista, y coloca la búsqueda de la libertad individual en la cima
de sus objetivos y valores, mientras rechaza las supuestas ventajas del estado-empresario, y
sostiene que la presión fiscal destinada a la "redistribución de la riqueza" generalmente
empobrece al conjunto de la sociedad, en la medida que entorpece la formación de capital.
Aunque en el análisis económico suele haber cierta coincidencia entre liberales y
conservadores, ambas corrientes se separan en lo tocante a las libertades individuales. Para
los conservadores lo más importante suele ser el orden. Los liberales están dispuestos a
convivir con aquello que no les gusta, siempre capaces de tolerar respetuosamente los
comportamientos sociales que se alejan de los criterios de las mayorías. Para los liberales la
tolerancia es la clave de la convivencia, y la persuasión el elemento básico para el
establecimiento de las jerarquías. Esa visión no siempre prevalece entre los conservadores. Un
ejemplo claro de estas diferencias se daría en el espinoso asunto del consumo de drogas:
mientras los conservadores intentarían combatirlo por la vía de la represión y la prohibición,
los liberales por lo menos una buena parte de ellos opinan que la utilización de sustancias
tóxicas por adultos alcohol, cocaína, tabaco, marihuana, etc. pertenece al ámbito de las
decisiones personales, y a quienes las consumen no se les debe tratar como delincuentes, sino
como adictos que deben ser atendidos por personal médico especializado en desintoxicación,
siempre que libremente decidan tratar de abandonar sus hábitos.
Por otra parte, resulta frecuente la colusión entre empresarios mercantilistas conservadores y
el poder político, fenómeno totalmente contrario a las creencias liberales. No es verdad, pues,
que el liberalismo sea la corriente política que defiende los intereses de los empresarios: la
mera convicción de que el Estado no debe proteger de la competencia a ningún grupo
empresarial desmentiría este aserto: suelen ser los conservadores quienes cabildean para
obtener protecciones arancelarias o ventajas que siempre son en perjuicio de otros sectores.
Aún cuando la democracia cristiana moderna no es confesional, entre sus premisas básicas
está la de una cierta concepción trascendente de los seres humanos. Los liberales, en cambio,
son totalmente laicos, y no entran a juzgar las creencias religiosas de las personas. Se puede
ser liberal y creyente, liberal y agnóstico, o liberal y ateo. La religión, sencillamente, no
pertenece al mundo de las disquisiciones liberales (por lo menos en nuestros días), aunque sí
es esencial para el liberal respetar profundamente este aspecto de la naturaleza humana.
Por otra parte, los liberales no suelen compartir con la democracia cristiana (o por lo menos
con alguna de las tendencias de ese signo) cierto dirigismo económico y la voluntad
redistributiva generalmente reivindicada por el socialcristianismo. En América Latina esa
vertiente populista/estatista de la democracia cristiana encarnó en gobiernos como los de Frei
Montalva, Napoleón Duarte y en cierta medida Rafael Caldera, o en los sindicatos agrupados
en la CLAT. Los liberales no creen que la propiedad privada sólo se justifica "en función social",
como aparece en los papeles de la Doctrina Social de la Iglesia, y como confusamente repiten
muchos socialcristianos sin precisar exactamente qué quieren decir con esa peligrosa frase,
ambigua fórmula que puede abrir la puerta a cualquier género de atropellos contra los
derechos de propiedad.
El neoliberalismo una invención de los neopopulistas
El liberalismo, qué duda cabe, está bajo ataque frecuente de las fuerzas políticas y sociales
más dispares basta ver los documentos del socialistoide Foro de Sao Paulo o ciertas
declaraciones de las Conferencias Episcopales y de los provinciales de la Compañía de Jesús ,
pero para los fines de tratar de desacreditarlo lo denominan neoliberalismo. Vale la pena
examinar esta deliberada confusión.
En primer término, tal vez sea conveniente no asustarse con la palabra. En el terreno
económico el liberalismo, en efecto, ha sido una escuela de pensamiento en constante
evolución, de manera que hasta podría hablarse de un permanente "neoliberalismo". Lo que se
llama el "liberalismo clásico" de los padres fundadores -Smith, Malthus, Ricardo, Stuart Mill,
todos ellos con matices diferenciadores que enriquecían las ideas básicas-, fue seguido por la
tradición "neoclásica", segmentada en diferentes "escuelas": la de Lausana (Walras y Pareto);
la Inglesa (Jevons y Marshall); y -especialmente- la Austriaca (Menger, Böhm-Bawerk, Von
Mises o, posteriormente, Hayek). Asimismo, también sería razonable pensar en el
"monetarismo" de Milton Friedman, en la visión sociológica o culturalista de Gary Becker, en el
enfoque institucionalista de Douglas North o en el análisis de la fiscalidad de James Buchanan.
Si hay, pues, un cuerpo intelectual vivo y pensante, es el de las ideas liberales en el campo
económico, como pueden atestiguar una decena de premios Nobel en el último cuarto de siglo,
siendo uno de los últimos Amartya Sen, un hindú que desmonta mejor que nadie la falacia de
que el desarrollo económico requiere mano fuerte y actitudes autoritarias.
Sin embargo, en el sentido actual de la palabra, el "neoliberalismo", en realidad, no existe. Se
trata de una etiqueta negativa muy hábil, aunque falazmente construida. Es, en la acepción
que hoy tiene la palabreja en América Latina, un término de batalla creado por los
neopopulistas para descalificar sumariamente a sus enemigos políticos. ¿Quiénes son los
neopopulistas? Son la izquierda y la derecha estatistas y adversarias del mercado. El
neoliberalismo, pues, es una demagógica invención de los enemigos de la libertad económica -
y a veces de la política-, representantes del trasnochado pensamiento estatista, con frecuencia
llamado "revolucionario", acuñada para poder desacreditar cómodamente a sus adversarios
atribuyéndoles comportamientos canallescos, actitudes avariciosas y una total indiferencia
ante la pobreza y el dolor ajenos. Tan ofensiva ha llegado a ser la palabra, y tan rentable en el
terreno de las querellas políticas, que en la campaña electoral que en 1999 se llevó a cabo en
Venezuela, el entonces candidato Chávez, hoy flamante presidente, acusó a sus contrincantes
de "neoliberales", y éstos, en lugar de llamarle "fascista" o "gorila" al militar golpista, epítetos
que se ganara a pulso con su sangrienta intentona cuartelera de 1992, respondieron
diciéndole que el neoliberal era él.
El origen de la palabra
En América Latina la batalla contra ese fantasmal "neoliberalismo" comenzó exactamente a
principios de la década de los ochenta, cuando en la región se hundieron definitivamente los
gastados paradigmas del viejo pensamiento político-económico forjado a lo largo de casi todo
el siglo XX. El vocablo surgió en el momento en que estalló la crisis de la deuda externa, y
cuando simultáneamente se padecía en distintos países varios procesos de hiperinflación
causantes del notable retroceso del crecimiento económico que afectó a casi todo el
Continente.
¿Qué había fallado? Nada más y nada menos que las ideas fundamentales sobre las que había
descansado el discurso político latinoamericano desde la revolución mexicana de 1910, pero
especialmente tras la Segunda Guerra mundial. Había quedado totalmente desacreditada la
creencia transideológica -común a diferentes credos políticos, a veces hasta antagónicos- de
que correspondía al Estado dirigir la economía, definir las prioridades del desarrollo y asignar
los recursos. De golpe y porrazo se habían debilitado las más variadas (aunque a veces afines)
propuestas ideológicas dominantes durante muchas décadas: el nacionalismo proteccionista
de Juan Domingo Perón, de Getulio Vargas o de la CEPAL; la economía de la demanda
artificialmente estimulada por los presupuestos del Estado en busca del empleo pleno, como
recetaban los discípulos de Keynes; el socialismo castrense y dictatorial de Velasco Alvarado y
Torrijos; el marxismo totalitario de Cuba y Nicaragua. El populismo, en suma, agonizaba, y la
izquierda, súbitamente, se quedaba sin proyecto, totalmente incapaz de responder la pregunta
clave que había gravitado sobre América Latina desde la fundación misma de las primeras
repúblicas: cómo lograr que las naciones de nuestra cultura alcancen los niveles de
prosperidad de los países de origen institucional europeo. O -dicho en otras palabras- cómo
conseguir para los latinoamericanos un nivel de desarrollo similar al de Canadá o al de Estados
Unidos, nuestros vecinos en el Nuevo Mundo, de manera que la mitad de nuestra gente logre
abandonar la terrible miseria en la que vive.
No era posible, incluso, recurrir a la "Teoría de la dependencia" para continuar explicando el
subdesarrollo latinoamericano como consecuencia de una especie de malvado designio de un
Primer Mundo empeñado en mantener a América Latina en una suerte de pobreza exportadora
de materias primas. Las décadas de los setentas y ochentas habían visto el surgimiento de
economías poderosas en las zonas tradicionalmente consideradas como "periféricas". En la
década de los cincuentas Corea o Taiwan eran considerablemente más pobres que México o
Ecuador, relación que se había invertido ostensiblemente es los setenta y era casi sangrante
en los ochentas. Pero había más: Estados Unidos y Canadá, corazón de el capitalismo
"central", lejos de aherrojar a México para mantenerlo como una colonia económica, lo habían
invitado a formar un "Tratado de libre Comercio" encaminado al enriquecimiento conjunto.
Tampoco se podía seguir predicando revoluciones socialistas, pues se conocía triste y
perfectamente lo que había sucedido en Cuba y Nicaragua. No era posible prometer más
reformas agrarias, nacionalizaciones de los recursos básicos o mágicas distribuciones de la
renta. Carecía de sentido insistir plañideramente en la voracidad culpable del imperialismo, en
la fatalidad sin solución de la "teoría de la dependencia" o en la supuesta inevitabilidad de la
inflación explicada por los estructuralistas. Todo eso y mucho más se había ensayado sin
ningún resultado halagador. Al comenzar el siglo los latinoamericanos teníamos, como
promedio, el diez por ciento del per cápita de los estadounidenses; y al terminarlo, cien años
después, tras decenas de revoluciones, constituciones, golpes de estado y asonadas militares,
seguíamos teniendo el mismo diez por ciento, pero ahora el gap ya no sólo era cuantitativo.
Entre nuestro mundo y el de ellos se había abierto una zanja difícilmente salvable en la que
comparecían la carrera espacial, el genoma humano, las telecomunicaciones digitales, la
investigación atómica y otra larga docena de complejos procesos científicos y técnicos muy
alejados de nuestro alcance. Las diferencias, para usar la terminología marxista, se habían
hecho "cualitativas".
¿Cómo reaccionaron, en ese momento, los políticos latinoamericanos más racionales?
Sencillamente, rectificaron el rumbo. Si el Estado había sido un pésimo gerente económico que
perdía ingentes cantidades de dinero, lo sensato era transferir a la sociedad los activos
colocados en el ámbito público para no continuar dilapidando los recursos comunes. Había que
privatizar, pero ni siquiera por convicciones ideológicas, sino por razones prácticas: el Estadopropietario
había quebrado. Si el gasto público había arruinado las arcas nacionales y
comprometido el desarrollo, y si se había llegado al límite del endeudamiento, ¿cómo
extrañarse de la necesidad de recortar las obligaciones del Estado? Si la burocracia había
crecido parasitariamente, y con ella y en la misma proporción, había aumentado la ineficacia
de la gestión de gobierno, ¿qué otra cosa podía recomendarse que no fuera una drástica
limitación del sector público? Si el déficit fiscal se había convertido en un cáncer galopante,
¿cómo escapar a la necesidad de sostener presupuestos equilibrados? Si los controles de
precios y salarios, practicados en distintos momentos en todos los países de nuestra esfera,
habían demostrado su inutilidad, o -peor aún- su carácter contraproducente, empobrecedor y
generador de toda clase de corrupciones, ¿cómo no defender la libertad de mercado? Si
nuestras sociedades habían sufrido el flagelo implacable de la hiperinflación, con el
empobrecimiento general que esto conlleva, ¿no era perfectamente lógico acudir a la
austeridad monetaria, ya fuera mediante cajas de conversión "a la argentina" o mediante
severas restricciones a las emisiones de moneda? Si finalmente, y a regañadientes, se
aceptaban la necesidad de la propiedad privada y las ventajas de las inversiones extranjeras,
era obvio que todo eso tenía que protegerse con instituciones de Derecho, mientras se
auspiciaba una atmósfera jurídica muy alejada de la tradición revolucionaria latinoamericana.
Si los ejemplos de los países que habían logrado desarrollarse los "tigres", la propia España
demostraban que la globalización no sólo era inevitable, sino, además, resultaba muy
conveniente, ¿quién en sus cabales podía continuar insistiendo en la autarquía económica la
excentricidad ideológica y el proteccionismo arancelario?
Eso era el tan cacareado, odiado y vilipendiado "neoliberalismo". Era el ajuste inevitable como
resultado del desbarajuste previo. Ni una sola de las llamadas medidas "neoliberales" fue el
producto de dogmas teóricos ni de conversiones mágicas a un credo supuestamente
derechista. Nadie se había caído del caballo de la CIA en el camino a Washington. Nada había
de libresco en el bandazo político y económico que daba América Latina. Era el resultado de la
experiencia. Las medidas no las dictaban la señora Thatcher o Mr. Reagan. Nadie en las
cúpulas de gobierno había descubierto a Mises, a Hayek y al resto de la Escuela austriaca.
Todo lo que se había hecho era volver de revés el fallido recetario tradicional de Alfonsín, Alan
García, Fidel Castro, Daniel Ortega o el de las anteriores generaciones de la vasta familia
populista: Perón, Lázaro Cárdenas, Getulio Vargas. En algún caso, como sucedió con el
boliviano Paz Estenssoro, una misma persona fue capaz de desempeñar los dos papeles en su
larga vida política: a mediados de siglo D. Víctor actuó como un revolucionario populista.
Treinta años más tarde, guiado por la experiencia, modificó lo que había que cambiar y se
movió en dirección opuesta. No era un oportunista, como dicen sus enemigos, sino todo lo
contrario: un hombre inteligente capaz de mudar sus criterios a la luz de los resultados y a
tenor de los tiempos. Fue lo mismo que sucedió con el "gran viraje " de Carlos Andrés Pérez
en Venezuela durante su segundo mandato a principios de la década de los noventa, o con el
cambio de rumbo a que se vio obligado Rafael Caldera en los últimos años de su
desafortunado gobierno, pese a tener un corazón perdidamente populista. Sencilla y
llanamente: no había otra forma de gobernar.
Esta observación tiene cierto interés, porque los críticos del pretendido neoliberalismo suelen
presentar el nuevo pensamiento político latinoamericano como el resultado de una oscura
conspiración de la derecha ideológica, cuando sólo se trata de medidas puestas en práctica por
políticos que provenían de distintas familias de la vieja tradición revolucionaria
latinoamericana. Carlos Salinas de Gortari había sido amamantado por las leyendas del PRI.
Gaviria era un liberal colombiano, lo que casi siempre quiere decir un "socialdemócrata".
Carlos Saúl Menem era un peronista de pura cepa, intimidantemente ortodoxo antes de llegar
al poder. Pérez Balladares procedía del torrijismo más rancio y leal. Sólo en Chile puede
hablarse de cierta carga ideológica, y también ahí los cambios impuestos por Pinochet,
respetados por los sucesivos jefes de Estado, no fueron tanto el resultado de las convicciones
de los Chicago boys, como la consecuencia del fracaso del modelo dirigista, burocrático y
antimercado iniciado por el conservador Alessandri, agravado por el socialcristiano Frei
Montalva, y llevado hasta sus últimas y peores consecuencias por Salvador Allende, socialista.
Es cierto que algunos economistas, como José Piñera, ejercieron su influencia sobre un
general muy poco o nada instruido en el terreno de la economía, pero el más poderoso
inductor de los cambios, el verdadero catalizador, fue la crisis total del anterior modelo.
El discurso moral
Esta ausencia de propuestas concretas e inteligibles por parte de una izquierda enmudecida
por la realidad, al margen de la creación de etiquetas como "neoliberalismo", se ha traducido
en la elaboración de un discurso moral defensivo que hace las veces de doctrina sucedánea.
Ya no es frecuente escuchar que la solución a nuestros males está en el marxismo o en
cualquiera de las variantes socialistas. Eso hoy provoca risas o el bien ganado mote de "idiota
latinoamericano". Ahora lo que se hace es denunciar el nuevo pensamiento político
latinoamericano -ése que se deriva de la fallida experiencia del viejo- calificándolo de
exclusivista y de pretender ser "único", como subrayan con frecuencia los enemigos de la
libertad económica, como si las medidas encaminadas a reorganizar nuestras vapuleadas
sociedades fueran una especie de consigna goebeliana o de doctrina totalitaria.
Al mismo tiempo, los adversarios de los nuevos paradigmas, muy en su papel de catones del
Tercer Mundo, llenos de santa indignación, les atribuyen a los "neoliberales" una total falta de
compasión con los humildes, reflejada en el recorte de los míticos "gastos sociales". Pero no
explican, por supuesto, por qué cuando estaban vigentes las viejas ideas estatistas y entre
ellas el abultado "gasto social" se mantenían y hasta aumentaba el número de los
desposeídos, mientras se ampliaba el déficit presupuestario y el endeudamiento del Estado.
Tampoco se molestan en aclarar esa pregunta ordinaria y burguesa de quienes pretenden
averiguar dónde están o de dónde saldrán los excedentes para sufragar el consabido gasto
social. Dónde está el dinero, quién va a abonarlo y qué resultado tiene para el conjunto de la
sociedad ese o cualquier otro esfuerzo realizado con el erario público. También -y esto es
acaso más importante- los defensores de las virtudes del gasto social probablemente no se
han percatado de que el objetivo que debe perseguir toda sociedad sana es tener la menor
cantidad posible de gasto social como consecuencia de que las personas y las familias sean
capaces de ganar decentemente su propio sustento sin tener que recurrir a la solidaridad
colectiva o la compasión de ciertos grupos piadosos. Incluso, hasta es posible formular una
regla general que establezca que la calidad de un sistema político y económico se mide en
función inversa a la cantidad de gasto social que la sociedad requiere para subsistir
razonablemente. A más gasto social, más inadecuado resulta el sistema. A menor gasto social
requerido, más flexible y exitoso es ese modelo que permite y estimula la creación de riquezas
y la responsabilidad de los individuos.
Otra crítica moral, disfrazada de razonamiento técnico, es la que descalifica al mercado por
sus innatas imperfecciones y porque supuestamente polariza la riqueza: el mercado, afirman
los neopopulistas, hace a los ricos más ricos y a los pobres más pobres. En buena ley, quienes
esto advierten no comprenden el mercado. Si por imperfección se entiende que ocurren
periodos de crecimiento y periodos de contracción, por supuesto que es cierto, pero eso sólo
prueba que el mercado es una dimensión cambiante, proteica, en la que millones de agentes,
cada uno de ellos cargado de expectativas, van transformando la realidad económica. Tal vez
no haya ciclos cortos y largos, como creía haber descubierto Kondratiev, pero no hay duda de
que cada cierto tiempo se producen ajustes, correcciones y hasta enérgicas crisis. Por
supuesto que el mercado no es perfecto en el sentido de cerrarles la puerta a los fracasos o de
poder asegurar el enriquecimiento progresivo de todos. Claro que hay perdedores y
ganadores, en muchos casos como consecuencia de la imaginación y la capacidad para innovar
de agentes económicos más creativos y mejor organizados, pero eso no invalida al mercado.
Pese a ello, sigue siendo el más eficaz modo de asignar recursos, deducir precios y formular
transacciones. Más aún: esa ruina que algunos padecen en el mercado, o la fortuna que
acompaña a otros, como señalara el mencionado Schumpeter hace ya muchas décadas, es un
proceso de "destrucción creativa" que va perfeccionando los bienes y servicios que se le
brindan al consumidor. Es en el mercado donde la humanidad progresa. Es ahí donde se llevan
a cabo las más formidables revoluciones. Donde no hay competencia, naturalmente, nadie
quiebra, pero la sociedad se estanca. En Alemania oriental ninguna empresa corría peligro y,
por ende, ningún trabajador temía por su empleo siempre y cuando obedeciera bovinamente
las instrucciones del Partido, pero era en la Alemania Occidental donde el nivel de vida y el
confort alcanzaban las cotas más altas. Y tampoco es cierto que el mercado polariza las
riquezas: mientras más abierto y libre, mientras con mayor facilidad puedan participar los
agentes económicos, más posibilidades tienen los más pobres de conseguir crear y acumular
riquezas. En Chile por ejemplo en los últimos siete años los niveles de pobreza han descendido
del 46% de la población al 22%. En Taiwan sólo un 10% de la población puede calificarse
como extremadamente pobre. En 1948 el 90% era miserable.
En todo caso, tras esa denuncia de "polarización" de los recursos que los neopopulistas lanzan
contra los pretendidos neoliberales, se esconde una amarga censura moral contra el éxito
económico. No es la pobreza de muchos lo que horroriza a los neopopulistas sino la riqueza de
algunos. Los hiere que en pocos años alguien como Bill Gates acumule la mayor fortuna del
planeta, pero no se percatan de que no es una riqueza arrebatada a otros sino creada para su
propio lucro y para el de millones de personas que de una u otra forma se han beneficiado del
asombroso crecimiento de su compañía o de los productos puestos a disposición del mercado.
Por otra parte, ninguno de estos críticos de la economía de mercado jamás ha atacado a los
sistemas fabricantes de miseria. Lo malo -para ellos- no es que el socialismo africano
arruinara aún más a países como Tanzania, Mozambique, Angola o Etiopía. A los socialistas
africanos no los juzgan por sus resultados sino por sus justicieras intenciones. Los
neopopulistas no encuentran nada censurable en que el socialismo islámico empobreciera
hasta la vergüenza a los argelinos, a los egipcios o a los tunecinos, empeorando
sensiblemente la herencia colonial dejada por Europa. No se quejan nunca de esa implacable
fábrica de mediocridad y estancamiento que fue el socialismo hindú durante el largo periodo
de estatismo y burocracia que siguió a la creación de la India independiente. En Cuba, lo que
invariablemente subrayan del desastre económico, producido sin duda por el modelo soviético
minuciosamente calcado por Castro, es el embargo norteamericano, como si las restricciones
al comercio entre los dos países, y no el disparate marxista, fueran responsables de lo que allí
acontece. Lo que a los neopopulistas les mortifica es que en algunas sociedades ciertos
segmentos de la población consigan atesorar riquezas. Esa es la crítica de fondo que les hacen
a los liberales Reagan o Thatcher. No importa la evidencia del resurgimiento de Inglaterra o
que en los últimos veinte años la economía norteamericana -todavía bajo la influencia
reaganiana pese a los años de gobierno demócrata- haya creado decenas de millones de
puestos de trabajo en beneficio también de los más necesitados. Para los neopopulistas el
sistema europeo, el español -por ejemplo-, es moralmente superior, aunque la tasa de
desocupados cuadruplique a la de Estados Unidos. Donde el desempeño económico de todos
es mediocre, no hay nada que objetar. Donde algunos consiguen enriquecerse en medio de
sociedades en las que todos o casi todos logran prosperar, se producen los más feroces y
descalificadores ataques. La virtud, aparentemente, está en el igualitarismo. Los neopopulistas
siguen pensando que lo bueno y lo justo es que todas las personas posean los mismos bienes
y disfruten de los mismos servicios, independientemente del talento que posean, de los
esfuerzos que realicen o de la suerte que el azar les depare.
Otro tanto ocurre con la revitalización del individualismo. Para los neopopulistas el
neoliberalismo ha traído aparejado un aumento repugnante de la codicia personal y una
correspondiente disminución del espíritu solidario. Donde los liberales defienden la necesidad
de Estados, instituciones y leyes neutrales, convencidos por la experiencia de que lo contrario
conduce al clientelismo y la corrupción, los neopopulistas creen ver una absoluta falta de
compasión a la que inmediatamente oponen el comunitarismo o cualquier otra variante
vegetariana e inocua del socialismo. Donde los liberales hacen un llamado a la recuperación de
la responsabilidad individual, exonerando a la sociedad de la improbable tarea de procurarnos
la felicidad, los neopopulistas perciben rasgos de insolidaridad.
En rigor, lo que ha ocurrido es, a un tiempo, fascinante y sorprendente: los neopopulistas, que
partieron de un análisis materialista, al perder la argumentación que poseían, se han
apoderado del lenguaje religioso, renunciando al examen de la realidad. Ya no tienen en
cuenta los hechos sino sólo las motivaciones. Han asumido un discurso teológico de culpas y
pecados, en el que se valoran las virtudes del espíritu y se rechazan las flaquezas de la carne.
Tener es malo. Luchar por sobresalir es condenable. Lo bueno es la piedad, la conmiseración,
el apacible amor por el prójimo. Y nada de eso puede encontrarse en la "selva" del mercado,
donde las personas luchan con dientes y uñas para aniquilar a los competidores. Ellos, en
cambio, los neopopulistas, representan a los pobres, son los intermediarios de la famélica
legión ante el mundo y los únicos capaces de definir el bien común. Ellos irán al cielo. Los
neoliberales al infierno. En cierta forma se puede hablar de un debate posmoderno. Los
neopopulistas han renunciado a la racionalidad. Les resultaba demasiado incómoda.